Por Pedro Jesús Villarroel Hidalgo – @pedrojesusvillarroelhidalgo

Intentar comprender el funcionamiento del mismo le ha tomado a la humanidad mucho tiempo y esfuerzo. El ser humano ha desarrollado máquinas buscando intentar recrear su fisiología, ha desarrollado dispositivos que le han permitido modelar su cognición, lo cual ha permitido la generación de creaciones que han cambiado en diferentes momentos el curso de la civilización, llegando en la actualidad al procesamiento digital y la inteligencia artificial.

No obstante, este recorrido fructífero y asombroso, también ha evidenciado cada vez más lo mucho que falta por conocer y por comprender acerca de los elementos constituyentes del sistema nervioso y de sus interacciones; convirtiéndose en una tarea nada fácil y sencillamente interminable, y un desafío constante para los seres humanos, quienes en el afán por su estudio, intentan llegar hacia los límites de sí mismos: Un horizonte infinito.

Y en esa búsqueda, la humanidad se sorprende a si misma al percibirse como una especie que, a ratos realiza grandes y magníficos hallazgos. Hallazgos como son la capacidad que tiene ese fantástico sistema para cambiar y adaptarse al entorno en el cual convive: La neuroplasticidad.

La plasticidad, puede ser concebida como la capacidad para flexibilizarse, para moldearse, para cambiar, en función de la interacción de los seres vivientes con su entorno, es una capacidad que parece ser inherente a los organismos desde su origen o surgimiento en la tierra.

De manera que la plasticidad cerebral o plasticidad neuronal, es considerada como la capacidad que tiene el sistema nervioso de modificar su estructura y su funcionamiento durante el transcurso de su vida, como consecuencia de su interacción con el medio ambiente (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

La neuroplasticidad permite a las neuronas, las células del sistema nervioso, regenerarse tanto anatómica como funcionalmente y hacer nuevas conexiones. Le permite al cerebro reponerse a trastornos o lesiones, y puede disminuir los efectos de alteraciones estructurales producidas por patologías como la esclerosis múltiple, Parkinson, deterioro cognitivo, enfermedad de Alzheimer, dislexia, TDAH, insomnio en adultos, insomnio infantil, entre otras (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

En esencia, la neuroplasticidad constituye los cambios que se dan a diferentes niveles en el sistema nervioso: en las estructuras moleculares, en la expresión genética y en el comportamiento. En este último aspecto, el del comportamiento y especialmente el cognitivo (pensamiento), son muchas las maneras en las cuales se produce la neuroplasticidad,  así  encontramos la plasticidad sináptica, la neurogénesis, la plasticidad funcional compensatoria, entre otras. (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

De manera que, cuando una persona aprende una nueva habilidad, después de mucho esfuerzo, de muchas caídas y levantamientos, se produce en su sistema nervioso, el establecimiento y el refuerzo de un conjunto de conexiones neuronales que le permiten mantener este comportamiento en el tiempo. Este tipo de capacidad de cambio es conocida como la plasticidad sináptica (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

Y con esa capacidad, para afrontar problemas y para prever distintas situaciones los seres humanos pueden, cada vez más,  tener una vida más larga, y porque no decirlo, también más plena, incluso como evidencian los avances científicos, una vida más plena en la madurez, donde las células nerviosas pueden incluso regenerarse; hecho que en el pasado no era reconocido, y que hoy es denominado neurogénesis (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

Una vejez plena donde el ser humano maduro que exhibe experticia o maestría en sus actividades, especialmente intelectuales o cognitivas, hace uso de distintas regiones cerebrales a diferencia de sus pares más jóvenes  para lograr un desempeño eficaz. Esta facultad es reconocida con el nombre  plasticidad funcional compensatoria (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

Sin embargo, se sabe que la actividad intelectual y mental induce la plasticidad cerebral cuando se aplica tanto a personas mayores sanas como  a ancianos con alguna enfermedad neurodegenerativa. Así mismo,  se ha encontrado que el cerebro es susceptible de cambios, tanto positivos como negativos. Y estos cambios pueden ser consecuencia también del papel que juega el entorno en el organismo.  Diversos estudios han puesto en evidencia que el ambiente puede inducir cambios incluso en la expresión génica neuronal (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

Estos argumentos permiten plantearse  la interrogante de cómo evoluciona la neuroplasticidad  y cuál es el efecto que tiene la estimulación ambiental a lo largo del tiempo. En las últimas décadas se ha evidenciado que los cambios cerebrales en los niveles genéticos o sinápticos son provocados tanto por la experiencia como por una gran variedad de factores ambientales. Así, encontramos que los nuevos conocimientos adquiridos están en la esencia de la plasticidad, siendo estas modificaciones cerebrales probablemente la expresión más evidente de que se ha producido el aprendizaje en el ser humano (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).

Y es el entrenamiento cognitivo la acción  ideal para la inducción de la plasticidad cerebral. Suministra la práctica sistemática necesaria para el establecimiento de nuevos circuitos neuronales y para el fortalecimiento de las conexiones sinápticas entre las neuronas. No obstante, en ausencia de un beneficio tangible de la conducta, o sin una necesidad, utilidad o pertinencia, el cerebro no aprendería de forma significativa, por eso es tan necesaria la acción como el pensamiento (Kolb, Mohamed & Gibb, 2010).